Carta al niño desamparado

Carta al niño desamparado

 

 

Por: Julio César Dovalina Soriano

¿Qué siente el pobre triciclo abandonado al mirar cómo se esfuma el verano y a él nadie lo monta, o la paleta de bombón muda y cautiva del celofán sin recibir un gozoso ataque de suaves mordidas, a dónde va un corazón que no atina a reconocerse en la inocencia de los niños? Un hombre cansado de la vida puede refrescarse en ellos como lo haría si consiguiera sus anhelos, ellos son efervescentes.

No hay metralla más poderosa para obligar a un hombre a ser hombre que la carcajada de su regordete bebé contento de la vida. A los niños una patria les fue regalada, ¿quién le está prendiendo fuego? ¿Dejarías que un nuevo Hitler tome por la pierna a un niño inocente y aterrado para azotarlo contra la pared y destrozarle la cabeza en algún sangriento cuarto de tortura? Tío, tío Robert, estoy sólo, me siento perdido y sólo, abrázame, por favor. Tío Robert, ¿dónde estás, a dónde se fueron todos?, así nos cuenta el narrador sus historias con la íntima esperanza de ablandar un corazón.

El hombre cansado de la trabajosa vida de acumulación, el que trae el alma atribulada por los vicios, el que avanza a pesadamente porque el resentimiento lo lastra, aquel que olvidó el polvo en que se convertirá, el débil y medroso que se escabulle para evadir al mundo, el que muy al final se dio cuenta de que su poder no es suficiente, todos ellos anhelan secretamente unos dulces brazos que sanen su cansancio. ¿Qué querrán los niños lastimados por la violencia y el olvido, qué nos gritan unos ojitos desconcertados que no comprenden el estruendo, el caos, el dolor fulminante? El mundo tiene ganas de llorar pero se aguanta como un niño empecinado que no quiere que descubran su nobleza, pues cree que lo tomarán por débil, por un tonto y un débil y un chillón y un cagón. Un día alguien me preguntó por asalto dónde había olvidado a mi niño interior y entonces me espanté porque no recordaba dónde lo había abandonado ni hacía cuánto. Pobrecito, no estuviera en medio del fuego cruzado de una guerra entre hombres, o ahogado en una inundación, quizá un terremoto le haya sorrajado un edificio encima de su cuerpecito. Quizá lo más terrible, perdido y vagando en una oscura carretera solitaria en medio del desierto desolado, andando muy triste hacia la nada el pequeño.

Los espejos nos esperan para decirnos que aún tenemos el valor para buscarlos. Quien calma la sed de un niño se hace fuente de la vida y todos acudimos a él. El nombre del terror es la indiferencia ante un niño a quien las minas antihombre rubricaron su cuerpo con muñones y ahora parece un inúltil molusco impedido para correr detrás del viento o hacer una cabriola absurda porque el espíritu de la alegría se le metió sin permiso. Oye, tú, ¿qué dices, que seamos como quienes…, porque de ellos será el qué…? Ash. Mejor cámbiale al canal de los videos, ¿ya viste que Madona ayudó a los niños pobres de un país perdido en la conciencia de la humanidad? Contemplando la paz azul de los mares y los cielos el hombre se entera que siempre será como un niño. Hagamos un experimento y dejemos juntarse a los niños y miremos el milagro y la sutileza con que actúa la vida. Milagro es contar a los niños un cuento distinto al de su lloroso desamparo.

A veces uno ignora que va por la vida esperando un duro golpe de esos que nos hacen añicos el corazón, que nos hacen suspirar de lamento. Pero a veces también hay que saber que eso no es necesario. ¿Alguna vez has visto la mirada desatinada de un niño a quien la violencia le vació un ojo, alguna vez tu alma sintió la indignación de ver arrastrarse a un niño con el cuerpo cercenado, alguna vez, ocioso lector, mi hermano, se ha doblado la dureza de tu corazón por la injusticia de un niño ultrajado y su alma magullada para siempre? Pero no te turbes, no te espantes.

El campo aún es fértil para sembrar y a gritos suplica una semilla de bondad humana. Un frágil pajarillo yace en el suelo con el ala quebrada, sus ojillos están aterrados y la multitud humana lo pisotea, entonces muere. Un pajarillo vuela alegremente en los cielos claros de un día soleado, clama benditamente con su trino la bondad en los corazones de los hombres... Hay esperanza.