La participación de los niños y niñas, cuestión de avances profundos

En estos momentos la participación infantil tiene bases legislativas que la reconocen, defienden e impulsan. Se ha convertido en un estandarte, en una marca de calidad, en un contenido político, en un lema. Se podría afirmar que está en su mejor momento. Pero todo esto, es una simple apariencia y no es suficiente, porque no va más allá de la esfera de los buenos propósitos e intencionalidades. La participación está en boca de todos, pero falta la parte más esencial y es que sea real, que forme parte de nuestra cotidianidad y sobre todo de la forma de vivir de la niñez. Que deje de ser una actividad extraordinaria, puntual, excepcional y que pase a formar parte de las relaciones que mantienen los niños y niñas, que sea una forma de estar e implicarse en proyectos sociales y comunitarios.

Estas máximas –en la actualidad– son una “quimera”. No se puede negar el camino recorrido en pro de la participación infantil. Pero desgraciadamente, los niños y las niñas continúan siendo invisibles para la participación. Se ha de seguir reivindicando la participación infantil con convicción y paso firme, como reto colectivo al que enfrentarnos junto a los niños y niñas. Es una cuestión de perseguir algunos avances profundos alrededor del derecho de ser escuchado (art. 12).

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